Cuando te enfadas con él... Te enfadas. Sin quererlo. Estás enfadada,
sabes que lo estás. Y no puedes hacer nada por cambiarlo. Te has
enfadado por algo que te ha recordado otras cosas. Enfadada porque no
quieres saber nada más de ese pasado. No quieres
hablar con él, ni si quiera sabes qué decirle, no es tan grande el
enfado, solo te duele que haya pasado algo muy parecido a lo que ya pasó
anteriormente. Cuando te pide perdón, cuando te ha dicho todo lo que ha
podido decirte para no perderte... Cuando has empezado a llorar. Creías
que el pasado no iba a afectarte. Y vuelves secándote las lágrimas, sin
mirarle a la cara, no puedes. Y te encuentras de frente con tus amigos,
saben que pasa algo, pero aunque te pregunten no quieres contestar, son
cosas tuyas, no hay ganas ni tiempo de explicarlo todo.
De
repente, ves como se marcha. Se está yendo, lo ves. Ves que se va. Que
no te ha besado para despedirse, que sigues llorando por dentro, y que
probablemente él también haya llorado. Y todas las voces de tus amigos,
son solo eso, voces. Ruido. No saben que por dentro estás gritándote a
ti misma: "Esto no está bien, no... No está bien, corre, ve a por él." Y
en milésimas de segundo, sentimientos tan contrarios chocan, se golpean
entre sí, tanto el enfado como el nudo en tu garganta y el hecho de que
él no tiene la culpa de recordarte cosas que duelen y que él no sabe,
sumado a ver como se está yendo. Y sin saber por qué, por impulso, sin
pensarlo, agarras el brazo de alguien, y sales corriendo. Te pregunta
qué pasa, no lo entiende, y tú tampoco, por eso solo le dices: "Corre.
No pares y corre." Y poco después, estás a unos pasos de su espalda. No
se ha ido, no se ha ido sin despedirse de ti, estás ahí, le tienes
delante. Caminas mientras miras al suelo, no te atreves a mirarle, no
sabes qué está pasando, no paras de murmurar qué estás haciendo y por
qué. Y sin decir nada, te lanzas a besarle, y por un momento, por unos
segundos, el amor vence. Vence todo. Incluso al enfado. Sientes que te
falta el aliento, que respiras muy hondo y aún así no consigues
llenarte, sientes que se estaba marchando lo que más quieres, sin decir
adiós. Y entonces te das cuenta, el amor es loco, y te despides, quizá
menos enfadada, y sonríes mientras vuelves con tus amigos. ¿Por qué
sonríes? No lo sabes. Es una locura. Es lo mejor que te ha pasado y que
hayas hecho en toda tu vida.

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